En el oeste de Texas, los hermanos Toby y Tanner Howard cometen una serie de asaltos a pequeños bancos locales mediante estrategias bien planeadas, para no ser capturados. Sus motivaciones son diversas: mientras Toby pretende juntar la cantidad necesaria para liberar el rancho familiar de una pesada hipoteca y poder heredarla a sus hijos, Tanner lo hace con la finalidad de obtener dinero fácil tras una larga temporada en prisión. Mientras los hermanos Howard continúan sus atracos, el alguacil Marcus Hamilton, a unas cuantas semanas de retirarse, decide tomar el asunto en sus manos, iniciando una persecución que tendrá inesperadas consecuencias.

Enemigo de todos (2016) es uno de esos raros filmes que juegan con el atrevido concepto de reinventar, reelaborar y reciclar los géneros fundacionales del cine estadounidense. Durante su metraje, un cinéfilo puede encontrar en las correrías de los protagonistas (de un lado y otro de la ley) ecos visuales y narrativos del western clásico. Quizás todo ocurre en el aquí y el ahora, pero los automóviles o camionetas en los cuales los hermanos Howard se trasladan son una evocación de los caballos majestuosos del Viejo Oeste. Ellos mismos son los forajidos en fuga eterna, mientras que el alguacil Hamilton es el representante de un sistema judicial que si bien tiene como principal motor el castigar el crimen, le sirve al personaje para reafirmarse en el crepúsculo de su carrera. El viejo Saloon, en el cual los protagonistas encontraban solaz y esparcimiento, es ahora un moderno casino en el cual los forajidos “lavan” su dinero. Ahí sigue la naturaleza, testigo mudo del drama ocurrido a los personajes, enmarcada en vivos colores y en una imagen de pantalla panorámica que provoca en ocasiones fascinantes composiciones horizontales de épicas reminiscencias orquestadas por el realizador escocés David Mackenzie.

Sin embargo, Enemigo de todos no es en todo caso un western heroico como aquellos protagonizados por John Wayne en el Hollywood clásico, ni tampoco el cargado de cinismo o una melancolía galopante como lo orquestaron los hermanos Joel y Ethan Coen en Sin lugar para los débiles (2007) y Temple de acero (2010). Porque la cinta, más que un paseo por los géneros, es el retrato de una parte de la sociedad norteamericana rural que se está cayendo a pedazos, destrozada por una voraz inequidad social y económica representada por los innumerables anuncios de hipotecas vencidas que han desplazado a miles de sus hogares. Los villanos de esta historia son los representantes de la banca estadounidense, verdaderos maleantes de cuello blanco hambrientos de nuevas víctimas. Los norteamericanos que deambulan por el filme están deprimidos, derrotados, incapaces de escapar a un sistema inhumano. Son los Estados Unidos de la era Obama, en franca depresión económica y moral; son los rezagos de una nación que invadió Irak en tres ocasiones, pero que es incapaz de satisfacer las necesidades de sus habitantes menos privilegiados.

Otro aspecto vital del filme es el comentario que hace acerca de la problemática racial en los Estados Unidos actualmente. No es gratuito que el alguacil Hamilton pregunte casi de forma inmediata en sus interrogatorios acerca de la raza de los criminales. Entonces, la cinta rompe con los hermanos Howard el paradigma del criminal inmigrante para volver a los forajidos un par de texanos víctimas de un pasado violento y una endémica mala suerte en la vida. Las crueles bromas entre Hamilton y su “brazo derecho”, el mestizo Birmingham, mitad indio y mitad mexicano, hablan también de las diferencias irreconciliables entre las culturas del sur de Estados Unidos.

Pero más allá de sus evocaciones genéricas y el implacable retrato de la sociedad norteamericana que hace el filme, sorprende la forma en la cual el realizador Mackenzie rinde homenaje a varios clásicos. Así, cuando Hamilton espera fuera del banco esperando que un nuevo atraco se cometa, remite a la imagen del alguacil Wyatt Earp esperando el duelo en el O.K. Corral de La pasión de los fuertes (John Ford, 1946); o bien, la cacería de Tanner en la cima de una montaña recuerda el trágico final del gángster crepuscular interpretado por Humphrey Bogart en Su último refugio (Raoul Walsh, 1941).

Enemigo de todos es una película sin héroes ni villanos; todos tienen razones muy firmes para hacer lo que hacen. En su desarrollo dramático, el crimen no se castiga del todo y quienes representan la ley no tienen siempre la razón. Planteado cinematográficamente como un duelo clásico (con los personajes Hamilton y Toby, caminando de forma paralela en las orillas del encuadre fílmico), el final de la cinta sorprende por la forma en la cual se plantea algo más que un combate climático. Más bien, es la constatación de que el círculo infinito del infortunio no va a terminarse nunca. De que una vez saboreado el poder que brinda la ley, es imposible desprenderse de ella. Y que el hombre es capaz de todo por aquellos a quienes ama.

ENEMIGO DE TODOS (Hell or high water, Estados Unidos, 2016). Dirección: David Mackenzie. Guión: Taylor Sheridan. Fotografía en color: Giles Nuttgens. Música: Nick Cave y Warren Ellis. Edición: Jake Roberts. Con: Chris Pine (Toby Howard), Ben Foster (Tanner Howard), Jeff Bridges (Marcus Hamilton), Gil Birmingham (Alberto Parker), Marin Ireland (Debbie), Margaret Bowman (mesera). Compañías productoras: Sidney Kimmel Entertainment, OddLot Entertainment, Film 44, LBI Entertainment. Producción: Sidney Kimmel, Peter Berg, Carla Hacken, Julie Yom, Gigi Pritzker, Rachel Shane y Braden Aftergood. Duración: 102 minutos.

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