El escenario es el populoso semáforo en el cual confluyen el Viaducto y la Calzada Ignacio Zaragoza, al oriente de la Ciudad de México. Los protagonistas son un puñado de vendedores callejeros que ofrecen a los automovilistas que pasan por ahí, una enorme variedad de productos, desde golosinas hasta adornos para los parabrisas.

De día, de noche, bajo el sol inclemente o la lluvia, la venta no cesa. A través de cuatro de ellos, a quienes la cámara sigue más allá de sus jornadas cotidianas como vendedores, se va orquestando un insólito mosaico acerca de la vida en las calles y la marginación urbana que pareciera pasar inadvertida a los ojos de todos.

La gran urbe capitalina como semillero de historias es el escenario predilecto del cineasta michoacano Rafael Rangel, quien a lo largo de cuatro largometrajes y un corto viene construyendo una de las filmografías más interesantes del cine mexicano actual, tanto en el documental como en la ficción. En esta última, tanto el cortometraje: Peces de asfalto (2007), como su opera prima, el largometraje: El principio de la espiral (2009), abordan las duras perspectivas de vida que experimentan dos personajes jóvenes: un niño en situación de calle y un joven que padece esquizofrenia, respectivamente. Ya sea en la desalmada “jungla de asfalto” o en el centro de un entorno familiar profundamente viciado, los protagonistas cargaban a cuestas con una marginación que los orillaba a la venganza por mano propia o a dejarse llevar por los vericuetos del delirio para escapar del horror cotidiano.

Esta misma marginación en la ficción, Rangel la ha arrastrado también a su obra documental, de la cual El grito de los coyotes (2016) es un filme que cierra una especie de trilogía completada por Preludios: las otras partituras de Dios (2013) y Un día en Ayotzinapa 43 (2015). Marginación, pobreza, necesidad de lucha social y brutal represión es lo que recogía la cámara del cineasta paseando por los pasillos de la Normal de Ayotzinapa, retratando los pupitres vacíos por los desaparecidos a fuerza y compartiendo el dolor de la pérdida con un pueblo entero, en una especie de llanto colectivo que no va a acabarse nunca.

Y algo muy similar ocurría con: Preludios, siguiendo las vidas de los músicos y otros hombres de espectáculo callejeros que pululan por las calles del Centro Histórico capitalino. Rechazando la estructura convencional del documental con intereses sociológicos o antropológicos, evitando el discurso o la explicación didáctica o estadística de los temas que aborda, Rafael Rangel y su cámara flotante van siguiendo a sus personajes, retratando su interacción con el mundo, con los otros, esos “normales” para quienes hasta resultan graciosos, mientras que por dentro la soledad y la voluntad de vivir de espaldas al sistema corroen profundamente. Porque otra virtud de Rangel es no apelar al sentimentalismo o la compasión hacia sus protagonistas; los sigue, retrata sus entornos, sin juzgarlos ni intervenir en su cotidianeidad.

El grito de los coyotes continúa esta estructura y al mismo tiempo revela una profunda madurez creativa en el cineasta. El eje central del trabajo, desde el inicio del filme, es el crucero donde sus personajes laboran, retratándolos en una angustiante cámara lenta, conformando algo así como una danza desigual en la cual un puñado de seres humanos esquivan automóviles bajo las inclemencias propias de la calle. El extraordinario manejo de cámara del cinefotógrafo León Nik, colaborador habitual del director, permite al espectador seguir de cerca a los vendedores entre las filas de autos, recibiendo sin piedad el rechazo, indiferencia o hasta el abuso de los automovilistas (el tipo que paga dos congeladas de a $20 con un billete de $200). El día va avanzando, el sol cae a plomo, la tormenta amenaza en serio; incluso uno de los protagonistas es atropellado cerca del crucero, pero la vida sigue.

Más allá de este retrato hiperrealista de la vida de sus protagonistas, es donde radica la pertinencia de El grito de los coyotes. Considerados como “estorbos”, “vagos” o “tratantes de menores” por ciertos sectores bienpensantes de la sociedad, Rafael Rangel se asoma a sus vidas más allá de las calles, adentrándose en sus respectivas intimidades que ocurren en sus hogares, ubicados en los “cinturones” de miseria de la ciudad.

Así, César, el niño quien junto con primo favorito (así le dice) pinta escudos patrios en los parabrisas, por las tardes va a la secundaria y le enseña a leer  a su compañero. El Chimpa, endurecido repartidor de mercancía entre los vendedores, tiene una vida familiar tan cálida como esforzada. Mientras que Miguel, quien creció como niño vendedor, funge como el líder moral del grupo. Es una fascinante figura paterna, cuya labor protectora lo hace perseguir a los jovencitos adictos para regenerarlos y perpetuamente cuidar de los suyos. Finalmente están Ricardo y su chica, un par de jóvenes vendedores que serán padres de un niño. En este mundo no hay descanso; ella se hace un ultrasonido por la mañana y en la noche vende golosinas entre los autos. El llanto del hijo de ambos anuncia el nacimiento de un nuevo miembro de esta esforzada familia que lucha en las calles por sobrevivir.

Cineasta rabiosamente independiente cuyos filmes circulan gratuitamente en YouTube y que no persigue los favores de los festivales, Rafael Rangel demuestra con El grito de los coyotes una notable emotividad que no está reñida con un agudo comentario acerca de la inequidad social en nuestro país. Pero más allá de eso, es una invitación a abrir los ojos, los oídos y el corazón hacia esas historias ocultas que laten dentro de esos seres de la calle, a la vista de todos y tan invisibles al mismo tiempo.

EL GRITO DE LOS COYOTES (México, 2016). Dirección, guión y producción: Rafael Rangel. Fotografía en color: León Nik. Edición: Luis Ernesto Flores. Sonido: Jimena Rangel. Compañía productora: Insurección Films. Duración: 94 minutos.

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